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domingo, 24 de abril de 2011

Catamarca (Argentina): La ruta de los volcanes


Paso de San Francisco, limite internacional con Chile

Crónica de un recorrido desde la capital provincial hasta las alturas de la Cordillera. Una fascinante travesía entre pueblos encantadores, salares inmensos, desiertos y montañas de más de 6 mil metros de altura. Naturaleza deslumbrante en un escenario poco explorado.

Un hombre baja de su camioneta, apila piedras en la tierra, mira al cielo y mantiene los brazos abiertos durante un largo rato. Por alguna extraña razón, o simplemente por su sonrisa, el rito se nos antoja un amplio abrazo a la naturaleza. Será porque, como él, atesoramos cada uno de los paisajes atravesados durante los 516 kilómetros recorridos hasta llegar aquí, al noroeste de la provincia de Catamarca , donde están Los seismiles, las míticas montañas que superan los 6.000 metros de altura.

Por encima de la cabeza del desconocido, un cartel indica que estamos en el Paso San Francisco , que delimita la frontera con Chile: es el fin de la Ruta de los Volcanes .

Este espléndido recorrido, que se abre paso entre inmensos salares, lagunas, aguas termales y pueblos encantadores, despliega 19 volcanes que fueron venerados por las culturas andinas, antiguas habitantes de la zona.

Habían denominado a estas elevaciones como “Apus”, morada de espíritus protectores a quienes ofrecían sacrificios y ofrendas. Hoy son los andinistas, provenientes de todo el mundo, quienes le rinden culto a este “santuario de altura”.

También los menos avezados pero aventureros pueden llegar hasta estas figuras majestuosas. Sólo hace falta un vehículo 4x4, un guía local, ya que es fácil perderse, y capacidad de sorpresa para apreciar escenarios vírgenes, unos de los pocos del planeta.

La espectacular travesía comenzó mucho antes, en San Fernando del Valle de Catamarca , cuando los mareos y dolores de cabeza, producto del “mal de altura”, eran apenas una advertencia. Y cuando La Ruta de los Volcanes era sólo una serie de puntos negros dibujados en un mapa, que nuestra mirada había transitado con anhelo tantas veces.

Copacabana, antigua Estación de Ferrocarril

Rumbo al oeste
Poco después del desayuno, tomamos la Ruta Nacional 60, que se inicia al oeste de la capital catamarqueña y culmina en el Paso San Francisco. El calor húmedo va quedando atrás pero aún persisten los rastros de verde entre los cerros multicolores que señalan parte de lo que fue el antiguo Camino del Inca, que conducía a la localidad chilena de Copiapó.

Antes de llegar a Tinogasta vale la pena hacer un alto en los pueblos agrícolas Copacabana y La Puntilla , que conforman una “pequeña Italia”: las residencias de estilo neoclásico, con amplios jardines y galería central, se suceden a lo largo del camino.

La mayoría –como era tradición a principios del siglo pasado– tienen anexados oratorios familiares que resguardan imágenes religiosas antiquísimas.

En ambos pueblos se encuentran tejedoras artesanales que elaboran en sus telares hermosas colchas bordadas con flores de colores vivaces, el souvenir típico de la región.

Al fin, en el vasto valle de Abaucán , a la vera del río homónimo, aparece Tinogasta, una de las localidades fundamentales del oeste de Catamarca, rodeada de olivares, viñedos, alfalfares y árboles frutales. Aquí comienza la llamada “Ruta del Adobe”, un circuito que recorre una serie de edificios de varios siglos de antigüedad, construidos con madera y adobe.

Algunas iglesias de ese conjunto albergan imaginería religiosa de Chuquisaca (Bolivia) y pinturas de Cusco (Perú), verdaderas perlas. Son 55 kilómetors que transitan por los pueblos El Puesto , La Falda y Anillaco –fue el centro económico y religioso más importante de la región– y culminan en el pueblo de Fiambalá .

Antes de partir hacia la localidad famosa por sus aguas termales, visitamos la Finca de los Pereyra, un clásico de la zona, donde nos espera un suculento almuerzo: empanadas de carne, locro y buen vino, ideal para mitigar el incipiente frío que ya se hace sentir en las alturas de Catamarca.

La sobremesa nos encuentra sentados debajo de los olivos a algunos, y a otros, muy alegres, ensayando pasos de folclore al aire libre.

Termas de Fiambalá

Patrimonio arqueológico
En Fiambalá puede verse gran parte del patrimonio arqueológico de la provincia. Lo demuestra la visita al Museo del Hombre, donde se exhiben piezas de las culturas originarias de los valles, como los pituiles, batungastas y mahupacas y los cuerpos momificados de un hombre y una mujer, con su ajuar funerario, de más de 500 años de antigüedad, que fueron hallados en los alrededores de Loro Huasi , un pueblo cercano.

En esta ciudad, también los viñedos son marca registrada. Ocupan grandes extensiones de tierra y le otorgan un color especial al paisaje, además de dar a luz exquisitos “vinos de altura” (a 1.505 metros sobre el nivel del mar).

El relajante paseo entre los cultivos, iluminados por los últimos rayos de sol, culmina en la Finca de Don Diego para degustar sus exclusivos vinos de uva cereza.

Continuamos camino hasta una fantástica quebrada entre las serranías, donde se encuentran las renombradas Termas de Fiambalá. Las aguas emergen a 1.750 metros sobre el nivel del mar y se concentran en 14 piletas de piedra cordillerana con temperaturas que varían entre los 28 y 51 grados centígrados. Justo lo que necesitábamos tras recorrer los primeros 322 kilómetros en busca de Los seismiles.

Volcán Pissis

Los colores del desierto
Partimos de Fiambalá antes de la salida del sol. La ruta 60 gira abruptamente al oeste y se coloca de cara a la Cordillera. En el valle de Chaschuil se hace evidente la increíble gama de colores y texturas de los desiertos de altura: las llamadas “pampas de coirones” pintan un horizonte amarillo intenso, enmarcado por las sierras rojizas y el cielo azul.

Se habla mucho de las fabulosas noches estrelladas de Catamarca –quien haya viajado alguna vez a la provincia puede dar cuenta de ello– pero poco se dice de sus cielos diurnos, límpidos, azules y brillantes como pocos.

Tras dejar atrás al poblado de Chaschuil , la carretera vuelve a colocarse paralela a la Cordillera. Antes de ingresar al dominio de los volcanes, el paisaje vuelve a sorprendernos con médanos gigantes, de arena blanquísima.

¿Cómo conformarse con verlos desde la camioneta? A pesar de que no llevamos tablas de sandboard, la sensación de echarse a rodar por la arena es impagable. Y la imagen de esas montañas radiantes recortadas contra el cielo es arrolladora.

Durante el viaje, el guía nos cuenta que después del Cordón del Himalaya, la cordillera catamarqueña es la segunda área más importante en altura del mundo. Lo confirmamos cuando pasando la Cuesta Brava asoma el volcán Pissis , que se halla justo en la frontera con la provincia de La Rioja.

Sus imponentes cinco cumbres, anheladas por muchos andinistas, alcanzan una altura aproximada de 6.682 metros.

Así que no sólo es el volcán inactivo más alto del mundo sino que se disputa el segundo lugar en la lista de montañas más altas de América (el primero es el Aconcagua) con el cercano Ojos del Salado.

Hasta el momento, los especialistas no se han puesto de acuerdo sobre la altura definitiva de cada uno, ya que la diferencia es de unos pocos metros.

Este último, cuya altura se calcula en 6.864 metros, es el volcán activo más alto del planeta, en cuyas paredes las nieves y los glaciares son perpetuos.

En su interior se advierten fumarolas, que dan cuenta de la actividad volcánica. A pesar de ello, es uno de los mayores desafíos para los escaladores.

Avanzando hacia el corazón de la Cordillera algunos integrantes del grupo manifiestan fuertes mareos y dolores de cabeza, que atribuyen a las sendas degustaciones de vino del día anterior. Pero no es resaca, sino “soroche” (mal de altura), que se mitiga en pocos minutos tras mascar hojas de coca.

Volcán Incahuasi

El reino de los colosos
Pronto asoman varios de los más importantes “seismiles”, como el cerro de los Patos y el Tres Cruces. También el Walter Penck, ubicado al sur del final del sistema del Ojos del Salado, hasta hace poco una de las cumbres menos visitadas ya que está rodeado de varios volcanes, lo que hace difícil su acceso.

Entre ellos, el que mejor se ve desde la ruta es el Incahuasi, uno de los favoritos de los montañistas, donde se encontró una estatuilla de un ajuar funerario indígena.

Entre estos colosos, se abren lagunas solitarias e infinitos salares, que conforman uno de los paisajes más prístinos y sorprendentes del noroeste argentino.

Los guanacos y llamas nos observan atentamente cuando el vehículo 4x4 se acerca hasta los dominios de las Salinas de la Laguna Verde.

Con su forma de volcán invertido, aparece como un mar esmeralda en medio del desierto, habitado por flamencos rosados. Ya la habíamos visto como una panorámica desde la base del volcán Pissis, donde está el balcón de la Laguna Verde (a 4.200 metros de altura), al que se llega desafiando al viento: desde allí, hacia abajo, puede verse el verde y azul de las lagunas andinas, rodeadas de cerros negros y salares.

Cerca del Paso San Francisco están las aguas azul zafiro de la laguna del volcán Peinado y hacia el norte, el espectacular Salar del Hombre Muerto.

De regreso en la ruta 60, al girar hacia el oeste se ve el majestuoso cerro San Francisco, el más visitado de Los seismiles, ya que se encuentra muy cerca de la carretera y del paso homónimo, que une el territorio argentino con el chileno.

Es el punto final de un fascinante recorrido de casi 200 kilómetros de desiertos, en los que la presencia humana se advierte sólo por las “apachecas” –piedras apiladas– que aparecen de tanto en tanto, una ofrenda de los viajeros a la Pachamama en agradecimiento por haber dejado atrás un sitio para emprender una nueva travesía.

Campo de Piedra Pómez

El Campo de Piedra Pómez
Desde San Fernando del Valle de Catamarca, la mítica ruta 40 lleva a distintos circuitos del noroeste de la provincia. El Peñón, un pequeño pueblo de casas de adobe rodeadas de álamos –ubicado a 490 kilómetros de la capital provincial– es el punto de partida para conocer uno de los sitios más deslumbrantes de la puna catamarqueña: el Campo de Piedra Pómez, que se encuentra ubicado en la zona dominada por los volcanes Galán, La Alumbrera y Antofagasta, entre otros, en el departamento de Antofagasta de la Sierra.

La ruta 36 rumbea hacia el norte y asciende hasta los 3.600 metros sobre el nivel del mar, donde las vicuñas corretean en manadas. Al llegar a la Loma del Panteón, donde se encuentra una cancha de fútbol –la pasión deportiva desafía a la altura-, se tiene la primera vista, lejana, de una gran mancha blanca en el horizonte. Luego retomamos la carretera y unos pocos kilómetros más adelante, en un recodo del camino, aparece un inesperado Sahara en plena Puna: dunas blancas, gigantes, que se extienden hasta donde llega la vista, se recortan en diagonales tajantes contra el cielo azul. Este universo blanco, que unos pocos descubrieron para practicar sandboard, es también un exótico mirador desde el que se divisa, ya más claro, un extraño paisaje que se asemeja a un encrespado mar de crema en el que flotan grandes copos de merengue.

Arena y piedras calcáreas, de origen volcánico, conforman este escenario surealista –de 25 kilómetros por 10 de extensión- que es el Campo de Piedra Pómez. Los últimos rayos del sol proyectan las sombras de las deidades porosas, que se multiplican hasta el infinito, como los inmensos médanos que las rodean. Nuestros pies se hunden hasta el tobillo en la arena pero, aún así, nos lanzamos a recorrer este paisaje labrado por el viento y el tiempo, que parece un planeta deshabitado y fantástico.

María Zacco
Clarín - Viajes
Fotos: Web

sábado, 16 de abril de 2011

Guatemala: En la ruta maya


Ciudad de Guatemala (Su nombre completo es La Nueva Guatemala de la Asunción)

Con la mochila a cuestas, a pie o en las coloridas guaguas, un amplio recorrido entre ruinas precolombinas y también coloniales, mercados interminables, volcanes, lagos y más

Guatemala en lengua azteca significa lugar de muchos árboles, algo que se ratifica desde el momento que se pisa este país. Con variados ecosistemas y paisajes en una superficie de 108.889 kilómetros cuadrados, las dos terceras partes del territorio están formadas por montañas de origen volcánico.

Moverse por Guatemala no es fácil. Mucho menos para quienes, como en este caso, lo hacen con bajo presupuesto. Su principal medio de transporte público son las guaguas, también conocidas por la comunidad internacional de mochileros como chicken bus. Estos micros tienen el mismo tamaño que los clásicos y amarillos escolares norteamericanos, esos que vemos en las películas de Hollywood o en los capítulos de Los Simpson, pero pintados de mil colores y repletos de pasajeros, valijas y hasta animales.

En un asiento para dos fácilmente se acomodan cuatro y los choferes manejan rápido sin importar el estado de la ruta. El viajero debe prestar mucha atención al subir. Por lo general es necesario hacer combinaciones en las que, entre otras cosas, hay que rezar para que, en el momento de cambiar de bus, alguien se acuerde de alcanzarnos el equipaje que va en el techo, todo a tiempo para abordar el próximo vehículo.

Mercado de Chichicastenango

Chichicastenango
El primer destino de este viaje fue Chichicastenango. En el centro del país, a 145 kilómetros de la capital, esta ciudad es sede de un famoso mercado. Los jueves y domingos, la feria más grande de América Central se extiende por calles y más calles, al aire libre, con puestos de ropa, comida, artesanías en cerámica, madera, máscaras, flores, joyerías y mucho más, donde los precios no existen, todo depende de la habilidad para regatear.

Más allá de las compras, el pueblo de Chichi da muestras de una asombrosa fusión de ritos católicos e indígenas. En la iglesia de Santo Tomás, por ejemplo, muy cerca del mercado y construida en el siglo XVI sobre estructuras mayas, los locales arrodillados rezan en la oscuridad de pisos cubiertos por velas y ramas venerando la cultura chamánica; en el cementerio, donde aún hoy en ciertas ocasiones se sacrifican animales, se puede apreciar una cantidad de colores fascinantes alejados del negro o gris de la tradición católica.

Guatemala antigua: El arco de Santa Catalina Pila de la Unión

El hit turístico
Desde Chichi, bastaron dos tramos en chicken bus para llegar a Antigua Guatemala, principal destino turístico guatemalteco, designado patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1979.

En la pequeña ciudad hay mucho para ver y los guías ofrecen sus servicios en cada punto de atracción. Así fue como conocimos a Raúl y, a través de sus palabras, un poco de la historia de Antigua.

La ciudad, que comenzó a construirse en 1543, fue la capital del entonces Reino de Guatemala. Pero luego de una serie de fuertes sismos, recordados como los terremotos de Santa Marta, la capital fue trasladada, en 1773, a la actual ciudad de Guatemala. Así es como hoy Antigua, detenida en el tiempo, cuenta con un gran número de ruinas de iglesias, entre otras construcciones barrocas, muchas obra del arquitecto De Porres. Entre ellas, la catedral, frente a la Plaza Mayor, con paredes que datan del 1600, una cúpula sin techo y una hermosa fachada.

El Palacio del Ayuntamiento, junto a la catedral, hoy sede de museos. El Convento de las Capuchinas, claustro de aspirantes a monjas de clausura, fundado en 1725, hoy está ocupado por el Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala. El Convento de la Recolección, fundado en 1700 como el Colegio de Cristo Crucificado de los Misioneros Apostólicos, aún en ruinas, no fue reconstruido. La iglesia y convento La Merced, con su maravillosa fachada amarilla de mínimos detalles y estilo barroco, contiene una de las fuentes más grandes de la ciudad en medio de su patio interno.

El arco de Santa Catalina Pila de la Unión, creado con el fin de que las monjas de su convento no sean vistas al cruzar de un lado al otro del predio, es hoy ícono del centro de la ciudad. El palacio de los capitanes, edificado en el siglo XVI con arcos de medio punto a lo largo de la Plaza Mayor, ocupa una manzana completa, hoy con oficinas de la policía y de asistencia turística. También las iglesias de Santa Lucía, San Sebastián, San Agustín, San José, Santa Teresa, del Carmen, San Pedro, del convento Santa Clara, de San Francisco, de la Concepción, de la Santa Cruz, de Candelaria, de Santa Rosa de Lima, de Santo Domingo, de San Jerónimo.

Aparte de tan amplia colección arquitectónica, está el cerro de la Cruz. Para conocerlo, una opción es escalarlo en grupos guiados para apreciar las vistas de la ciudad y el volcán de agua en el fondo.

A la noche hay variedad de restaurantes, desde comida japonesa, francesa, italiana hasta mexicana y guatemalteca, todos ambientados con luz tenue y amarilla acompañando la magia de las antiguas construcciones de la ciudad y sus calles de piedra. También hay bares con música bailable donde se puede tomar algo y conocer gente. Lo recomendable de todas formas es salir temprano ya que a las 22 los lugares comienzan a cerrar y la gente se retira a descansar.

Vista del Lago Atitlán

Panajachel, portal del Atitlán
Otro día, más guaguas. Nos alejamos de las ruinas de la ciudad hacia el verde y azul de los volcanes y los lagos. Emprendimos camino a Panajachel, portal del lago Atitlán formado por un accidente hidrográfico que hoy muchos agradecemos. Alrededor de él se alzan volcanes y distintas poblaciones de nombres religiosos como Santa Catarina, Santa Cruz, San Marcos, San Juan, San Lucas y San Pedro, al que una lancha nos llevó por dos dólares.

Pocas palabras existen para describir la armonía, la felicidad y el agrado que provoca este lugar. Al llegar, un niño nos guió hasta un hostal llamado Luna Azul frente al lago. Allí nos recibió Alex, un joven norteamericano que alquila este espacio para vivir viajando. Nos sentimos como en casa en este sitio donde cada huésped, con libertad y respeto, puede sacar de la heladera una cerveza, agua o gaseosa y luego anotarla a su nombre en un cuaderno.

Por la mañana María, la cocinera, sirve scones caseros con manteca o mermelada y café con leche calentito. También esto se anota a cuenta en el cuaderno, al igual que el almuerzo o la cena. Además, todas las tardes, a las 17, se sabe que llega Olivia, la vecina, con una exquisita torta de chocolate.

La noche en San Pedro es tranquila. Hay un bar donde se proyectan películas los miércoles; alguno sirve tragos y otro ofrece bandas en vivo los viernes. Durante el día se disfruta del paisaje y la paz: jugar a las cartas, pintar, leer, escribir, nadar, caminar, escalar el volcán, alquilar un kayak, o salir de visita para conocer otros pueblos.

Antes de irnos, a la noche, pagamos las cuentas pendientes. No podíamos creer que habíamos comido, dormido y disfrutado cinco días por un total de... ¡40 dólares!

Sólo hay una guagua para salir de San Pedro, a las 5.30 A.M. Así que temprano seguimos viaje, con parada en Guatemala City, pero con destino Cobán, donde contratamos una camioneta para ir hasta Semuc Champey, ubicado en el municipio Lanquín.

Semuc Champey es mágico. El río Cahabón fluye y choca contra piedras calizas formando pozas de entre uno y tres metros de profundidad, con aguas tranquilas y cristalinas rodeadas de un bosque húmedo subtropical y unidas por pequeñas cataratas. La entrada al parque cuesta 4 dólares. Además de disfrutar del paisaje y bañarse en las pozas se puede escalar hasta el mirador y observar la totalidad del parque, una vista imperdible.

Otra excursión realmente aventurera es a las cuevas Kan-Ba. Estas cuevas escondidas en la piedra sobre un río templado requieren sacarse los zapatos y ponerse el traje de baño. El tour guiado provee velas y un salvavidas para quien no pueda nadar. Dura aproximadamente una hora y cuesta 6 dólares. Dentro de las cuevas se observan estalactitas y estalagmitas, también cascadas que sorprenden en este mundo subterráneo. Al finalizar el tour volvimos por el río Cohabón hasta la posada donde nos alojábamos, Las Marías.

Ruinas de Tikal

RECUERDOS DE LA CIVILIZACIÓN
Tikal, que significa lugar de las voces, fue la ciudad más grande del período clásico de la civilización maya. Llegó a extenderse hasta una superficie de 576 km2, de los cuales sólo 16 se pueden apreciar hoy y están entre los sitios más visitados por los turistas que llegan a Guatemala. Distintas investigaciones concluyen que la ciudad se habría originado hacia el 600 a.C. Se estima que llegó a tener una población de 100 a 150 mil habitantes. Los primeros científicos la encontraron en 1848. Y entre 1950 y 1970 la Universidad de Pensilvania realizó importantes excavaciones, aunque en 1979 el gobierno guatemalteco decidió iniciar un proyecto arqueológico que hoy sigue en desarrollo.

La Plaza Mayor es el centro del parque que hoy se visita, rodeada de los templos I y II, la acrópolis norte y la central. Además existen otros cuatro templos piramidales (siempre en busca del cielo) y el palacio real.

Además de los restos arqueológicos de lo que un día fue la ciudad de Tikal, el predio es un buen lugar para observar la fauna. Desde una incontable variedad de aves hasta tarántulas gigantescas, pasando por los sorprendentes monos aulladores, cuyos fuertes rugidos se suelen confundir con los de un animal feroz y carnívoro, a pesar de que come frutas y hojas.

Catedral de la ciudad de Guatemala

DATOS ÚTILES
Dónde dormir
En La Antigua: en el hostel Jungle Party, un patio interno con hamacas paraguayas, paredes de colores, mesas de distintos tamaños y altas puertas que daban entrada a cada una de las habitaciones. La habitación compartida cuesta 11 US$ con desayuno incluido.

En el otro extremo, Hotel Santo Domingo, convento restaurado que es hoy un hotel 5 estrellas de imperdibles vistas a la ciudad, jardines y museos donde la habitación tiene un precio de 200 US$.

En Semuc Champey: Las Marías es un ecohotel administrado por una familia. Con servicio de bar, restaurante, cabañas para cinco, seis o siete personas (US$ 4,5 por persona), habitaciones privadas (entre US$ 10 y US$ 23) y compartidas (US$ 4,5).

En Flores Peten: en el hostel Los Amigos, habitaciones compartida por US$ 4.

Victoria Verzini
La Nación - Turismo
Fotos: Web

sábado, 9 de abril de 2011

Salt Lake City: Estados Unidos, lado B


Vista de la ciudad de Lago Salado

Sir Arthur Conan Doyle la denostó en su famoso cuento Estudio en escarlata, pero la sede central de los mormones se abrió paso como una genuina ciudad multicultural que ofrece ayuda humanitaria a los países en crisis. Con veranos tórridos e inviernos de nieve, tiene una villa olímpica y la tirolesa más empinada del mundo.

En Salt Lake City se está viviendo una nueva fiesta. Las leyes de licor de Utah fueron normalizadas el año pasado por primera vez desde 1935, permitiendo que los clientes simplemente entren a un bar y ordenen un trago, como si estuvieran en cualquier otra ciudad. Además, el prometedor paisaje cinematográfico (un efecto derrame del cercano Festival de Cine Sundance), una fresca floración de galerías y boutiques y una actitud de puertas abiertas hacia los refugiados y los inmigrantes han hecho que la ciudad fuera más cosmopolita. La urbe incluso aprobó el año pasado una ley antidiscriminatoria que protege a sus residentes homosexuales, bisexuales y transexuales, con respaldo de la Iglesia Mormona.

Coro del Tabernáculo

Recuerdos creativos
Con alquileres relativamente accesibles y el caraterístico “hágalo usted mismo”, Salt Lake City es un bastión de la creatividad. Para sondear el paisaje de diseño, visite Frosty Darling (177 East Broadway), una caprichosa tienda de regalos atestada con caramelos retro y ropa, accesorios y utensilios para el hogar hechos a mano por el dueño del negocio, Gentry Blackburn, y otros diseñadores de Utah. Signed & Numbered (2100 East 2100 South) se especializa en estampados artísticos de edición limitada hechos a mano y posters de conciertos, que cuestan entre 8 y 150 dólares. Y en Salt Lake Citizen (210 East 400 South), en el atrio del edificio de la Biblioteca Principal, encontrará ropa y accesorios de inspiración callejera de cuarenta diseñadores de la ciudad, incluyendo pantalones bordados acampanados y joyería de acrílico cortado a láser.

Agricultura de Utah
Las cadenas de restaurantes solían dominar el paisaje culinario de Salt Lake City, pero actualmente están surgiendo lugares íntimos, dirigidos por jóvenes chefs inspirados por la munificencia de los productores locales orgánicos y proveedores artesanales. Encabezando el grupo está Pago (878 South 900 East), un bullicioso lugar de encuentro vecinal en un edificio de ladrillo de 1910. El chef Mike Richey elige productos orgánicos locales en platos como filete bagna cauda wagyu bavette, acompañado con las clásicas papas chicas y arugula local (29 dólares), servidos en una sala rústica iluminada por velas con capacidad para 50 personas. Otro recién llegado es Forage (370 East 900 South), que ofrece platillos salvajemente creativos como vieiras con esencia de vainilla acompañadas de lentejas beluga. Una cena de tres platos cuesta 45 dólares.

Ciudad abierta
Toda la ciudad celebra la anulación de las leyes que exigían que los bares operaran como clubes privados y cobraran cuotas de membresía. The Red Door (57 West 200 South) tiene poca iluminación, una excelente lista de martinis. Squatters Pub Brewery (147 West Broadway) sirve cervezas de alta graduación de la maestra cervecera Jenny Talley, como la India Pale Ale, que llega a los 6º de alcohol. Club Jam (751 North 300 West) es un bar gay friendly, con sensación de fiesta privada y parrillada improvisada en el patio trasero.

Dicha botánica
El Jardín Red Butte, anidado en las estribaciones sobre el campus de la Universidad de Utah (300 Wakara Way), tiene un rosedal recién plantado, más de 5,5 kilómetros de sendas para caminar y yoga matutino en el perfumado jardín. Para una caminata vivificante, pregunte en la recepción cómo llegar a La Sala, un punto panorámico nombrado así en honor a las rocas planas color naranja que se asemejan a sillones. Siéntese y absorba las extensas vistas del valle, las montañas y el Gran Lago Salado.

Más que templos
Trace su recorrido arquitectónico. La Biblioteca Principal de la ciudad (210 East 400 South), una curvilínea estructura de vidrio construida en 2003 por el arquitecto Moshe Safdie, tiene chimeneas en cada piso y un jardín en la azotea con vistas a la ciudad y las montañas Wasatch. Si busca edificios más viejos, visite el Distrito Histórico Marmalade, hogar de muchas casas originales del siglo XIX, o haga un recorrido a pie con la Fundación Utah Heritage.

Paladar étnico
Aunque la información del último censo dice que la población de la ciudad es 75,3% de raza blanca, hay una creciente presencia étnica de latinos y de originarios de las islas del Pacífico (particularmente samoanos y tonganos), y de refugiados del Tíbet, Bosnia y Somalia. Deguste su influencia en sitios como Himalayan Kitchen (360 South State Street), un sencillo comedor con paredes amarillo cúrcuma y mesas de manteles rojos, donde las especialidades incluyen curry de cabra nepalés (15,95 dólares) y momo de Himalaya, bolas de masa al vapor rellenas de pollo y servidas con salsa de ajonjoli (10,95 dólares).

Un poco de azúcar
El distrito Sugarhouse es famoso por sus tiendas únicas y minivecindarios respetuosos de los peatones cercanos a las intersecciones de 900 East y 900 South (que los locales llaman “9 y 9”) y 1500 East y 1500 South (“15 y 15”). Se destaca el Tea Grotto (2030 South 900 East; 801-466-8255; teagrotto.com), una original casa de té especializada en mezclas de hojas sueltas y comercio justo, y la encantadora libreria King’s English Bookshop (1511 South 1500 East), una crujiente casa antigua repleta de libros y acogedores rincones de lectura.

Hora italiana
Salt Lake City tiene numerosos y atractivos restaurantes italianos. Cucina Toscana y Lugano son parte de los favoritos perpetuos, pero Fresco Italian Café (1513 South 1500 East) discute ser el más romántico. Es un sitio privado de 14 mesas escondido en la calle principal en una cabaña de la década de 1920. El menú es escaso pero seleccionado, con platos sencillos del norte de Italia con toques personales. Los ravioles rellenos de calabaza, por ejemplo, vienen rociados con sidra de manzana reducida y avellanas finamente rayadas (18 dólares). Tiene una chimenea, luz de velas y, en el verano, se puede cenar en el patio de ladrillos.

Órgano del tabernáculo

En vivo desde Utah
Como única ciudad grande entre Denver y el norte de California, Salt Lake City recibe muchos grupos de música en gira. Hay bandas locales en sitios como Urban Lounge (241 South 500 East) y Kilby Court (741 South Kilby Court). Si quiere deleitarse con su propia música, visite Keys on Main (242 South Main), un piano bar donde la audiencia canta.

Templo de Lago Saldo

Misión secular
Los mormones son activos, y no sólo misionando. El Centro Humanitario Santo de los Ultimos Días (1665 South Bennett Road) es una institución humanitaria que envía mantas, ropa de segunda mano y materiales educativos y médicos desde su gigantesco complejo tipo fábrica a lugares necesitados de todo el mundo. Si tiene curiosidad por ver cómo funciona, tome un recorrido de 45 minutos por el desparramado almacén, donde trabajadores y voluntarios clasifican las más de 100 mil prendas que llegan diariamente al centro. Si siente la inspiración por ayudar, puede quedarse después de la visita y asistir en la preparación de los paquetes humanitarios que se envían normalmente a Haití, Zimbabue y otros países en crisis.

Parque Olímpico Utah de Park City

Fantasmas olímpicos
Para los amantes de las emociones fuertes, 45 kilómetros al Este se encuentra el Parque Olímpico Utah de Park City, (3419 Olympic Parkway, Park City), donde se realizaron 14 especialidades de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2002. Incluso durante el verano, puede hacerse el medallista y bajar volando una pendiente a más de 112 kilómetros por hora en un trineo Comet, jugar carreras en un moderno tobogán alpino de acero o recrear un salto con esquí considerado como la tirolesa más empinada del mundo. La cultura floreciente y la sofisticación culinaria tienen sus beneficios, pero nada mejor que un golpe de adrenalina para experimentar emoción pura.

Jaime Gross
Diario Perfil - Turismo

Nota de Turismo Virtual:
Sitios de interés de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
www.lds.org/

En el Área de Sudamerica Sur
www.lds.org.ar/

jueves, 24 de marzo de 2011

Patagonia chilena: Aysen, ruta bien austral


En 1984, pobladores descubrieron las cavernas de mármol del lago Carrera

La XI Región de Chile es una isla dentro del país. En Chile, sólo se accede por agua o aire, desde Puerto Montt la Carretera Austral marca el camino. Bosques, cuevas de mármol, fiordos y glaciares.

Se escucha tronar, un bloque de hielo se desprende del glaciar Montt; miles de témpanos flotan por el fiordo y el canal Baker; el río Bertrand transporta 900 mil metros cúbicos de agua transparente por segundo; en Coyhaique llueve, y unos cuantos milímetros se suman a los 1.200 que caen cada año; un nuevo coigüe crece en el bosque caduco que tapiza las laderas del cerro Castillo; las truchas saltan en la calma turquesa del lago Carrera. Un día normal en la zona sur de Aysén, la XI Región de Chile.

Hace cincuenta años, ninguna ruta llegaba hasta estas latitudes. Los pobladores, herederos de la cultura tehuelche –y a la vez gauchos que tomaban mate, jugaban al truco y bailaban chamamé–, circulaban a caballo por senderos trazados por el uso o se movían por el archipiélago, entre fiordos y glaciares, con embarcaciones de madera de lenga o ciprés. Llevar ganado desde Puerto Ibáñez, en el valle homónimo y a pocos kilómetros del paso fronterizo Pallavicini, hasta la ciudad de Coyhaique, la capital regional ubicada 116 kilómetros al noroeste, podía demorar hasta dos meses.

Recién en 1976 se impulsó definitivamente la construcción de la Carretera Austral que la dictadura de Pinochet terminó de delimitar; en 1999 se concluyó el último tramo y finalmente Puerto Montt (Región de los Lagos) se conectó vía terrestre con Villa O’Higgins. Hoy, recorre 1.240 kilómetros, 800 dentro de Aysén. Sin embargo, esta ruta hacia el confín del continente está asfaltada tan sólo hasta la localidad de Villa Cerro Castillo, un pueblo de 800 habitantes situado a los pies de la montaña que comparte su nombre, a 72 kilómetros –de pavimento– desde Coyhaique.

La ciudad de Balmaceda (a 56 kilómetros de Coyhaique), aeropuerto oficial de la región, recibe dos vuelos diarios desde Santiago (que hace escala en Puerto Montt, donde se llena), y cada dos o tres días desde Punta Arenas. Parece mucho para una zona que tiene sólo 100 mil habitantes y es la más vasta en territorio del país. Pero todo tiene su porqué: desde el norte de Chile, Aysén es accesible sólo por agua o por aire. O por Argentina, claro. A esta altura, la cordillera ya no es el límite internacional natural sino el fin accidentado del continente que se hunde en el mar formando archipiélagos y fiordos. Desde este aeropuerto, mirando hacia el este, sólo 300 metros separan de la estepa argentina, casi en el límite entre las provincias de Chubut y Santa Cruz.

Aysén una usina de oxígeno, los turistas son responsables del cuidado del ambiente

Hacia el sur
Desde Coyhaique empieza el recorrido a través de la Carretera Austral hacia el sur de la región. A 50 kilómetros de allí, antes de que el Campo de Hielo Norte empiece a cubrir los picos de la cordillera, la Estancia Punta del Monte ofrece jornadas de turismo rural que arrancan bien temprano con el avistaje de cóndores. El campo de la familia Galillea es una usina de restos arqueológicos tehuelches y un espacio en donde las actividades de una finca patagónica están al alcance del turista: esquila de ovejas y alpacas, cabalgatas, arreo de ganado con perros y el infaltable cordero cocido a la cruz para degustar con la suavidad del cabernet sauvignon chileno.

Todavía quedan lugares en el mundo donde no hay señal de celular y los Blackberrys no reciben mails laborales. Suelen ser espacios con mucho horizonte y silencio, como los que se encadenan entre lagos y valles desde Coyhaique hacia Villa O’Higgins o Caleta Tortel, las dos terminaciones de la Carretera.

El ripio serpentea entre lagos, ríos y montañas hasta la siguiente gran parada, el lago General Carrera, y su primera puerta de entrada, Puerto Tranquilo. Pueblo rutero, este rincón al costado del segundo lago más grande de Sudamérica después del Titicaca (lago Buenos Aires del otro lado de la frontera), ofrece la constante postal del celeste del agua planchada, que, a los ojos, más que en la Patagonia hace sentir en el Caribe, pero con unos cuantos grados menos. Desde Tranquilo salen excursiones hacia el glaciar Exploradores, sobre el que se camina con grampones y, después del estrés de la caminata, se descansa con un whisky on the rocks, del Campo de Hielo Norte. Pero si hay algo por lo que se destaca este enclave turístico manso y en franco crecimiento, es por el paseo, ya sea en kayak o en lancha (eso lo determinará el tiempo), por las cavernas de mármol. A apenas unos minutos de navegación del muelle de partida, los islotes que decoran el lago invitan a pasar a su interior y conocer sus secretos. Paredes de mármol y cuevas de esta roca multicolor sirven de refugio para los navegantes. La paleta de celestes, porque el lago se funde con el cielo, la paz y el silencio abrumador hacen de estas cuevas un lugar mágico.

Es difícil nombrar cada río y lago que cruza esta carretera, tomaría el artículo entero. Pero quien se lance a recorrer el sur vecino tiene que saber que el agua acompaña el camino como un faro que marca cada puerto de llegada, aporta color y baña el valle estepario mixto (llueven 1.000 mm por año) donde echan raíces lengas, coigües y arbustos como el calafate, ñires, tepas y nalcas.

Los cóndores anidan frente al Valle de la Luna. En el horizonte, la Argentina

Próxima estación: pesca con mosca
El lago General Carrera tiene una angostura, y desde allí decide llamarse Bertrand, donde los glaciares Huemul, Huenul y Puentes aumentan el caudal que sigue hacia el Pacífico. Espacio ideal para la pesca con mosca, todo el bañado de este espejo de agua es custodiado desde los 4.058 metros por el cerro San Valentín, el más alto de la región. Cerca, el volcán Hudson amenaza desde su cráter, a 1.905 metros sobre el nivel del mar. En esta zona, tres lodges ofrecen paquetes de hasta una semana a pura pesca deportiva e incluyen actividades como canopy (tirolesa entre las copas de los árboles), canotaje, cabalgatas y escalada de los cerros vecinos.

La carretera coquetea, entra y sale de la cordillera hasta su tramo final, donde decide meterse directamente entre los cerros moldeados por el hielo y terminar frente al mar. Hoy en día, con los glaciares en retroceso, la escultura de las glaciaciones formó los fiordos que, como en Noruega, son ideales para la cría del salmón, y únicos para los amantes de la navegación.

Entre coigües y lengas, ciervos, pudúes, cóndores y alpacas

Pasarela al mar
Sin miedo al frío, pero sabiendo que la valija atesora suficiente abrigo, la siguiente parada es Caleta Tortel, una de las dos puntas de esta ruta patagónica. Previo stop en la ciudad de Cochrane para comprar provisiones y mandar el último mensaje de texto a la familia, para entrar a este pueblo que podría ser escenario de un cuento fantástico, lo mejor es alivianar el equipaje y, sin opción, dejar el auto estacionado a la sombra. Ubicada sobre el fiordo Baker y fundado en 1955 sobre el cerro Tortel, es una ciudad de calles que son pasarelas hechas de ciprés de las Guaitecas (islas del norte de la región) que exigen buenos pulmones para subir y bajar por los pasadizos. Pueblo pesquero y maderero, es el punto de partida para las excursiones embarcadas hacia los ventisqueros (lengua del glaciar que da al mar) Montt y Steffens y la Isla de los Muertos, que guarda el misterio de la muerte de toda una comunidad traída a principios de siglo XX a trabajar en la explotación del ciprés.

Los recorridos hacia el hielo son un paseo entre los fiordos. Con gorra contra el viento sur y una buena campera, es un viaje hacia lo desconocido, hacia una de esas pocas zonas de este planeta que siguen desiertas. La pausa corona el recorrido: se desembarca en una isla desde donde se mira hacia el ventisquero Montt, los anfitriones hacen el asado mientras témpanos flotan alrededor. Lo del whisky ya lo sabemos.

No hay tramo de esta ruta que no asombre con sus colores, no hay pueblo que no resulte amable ni actividad que no termine por ser purificante. Es tan cerca de Argentina que la tonada chilena se suaviza y la ronda de mate, acompañada de pan caliente, se disfruta al ritmo del chamamé o alguna rancherita. Es el Chile lejano, el que sobrevive el invierno con mucha leña y buenos guisos, que invita especialemnte entre septiembre y abril, y también cuando la nieve lo cubre. Igual que en el sur argentino, pero con el mar más cerca. Porque Patagonia hay una sola, y también tiene salida al Pacífico.

Kayak, una de las actividades principales en Aysén

Actividad ofrecida
Estancia Punta del Monte - www.puntadelmonte.cl
Avistaje de cóndores y asado típico, con traslados a Coyhaique, desde US$ 134.

Hacienda Tres Lagos - www.haciendatreslagos.com
Paquetes de pesca. 4 días, 3 noches, base doble, desde US$ 1.335.
5 días, desde US$ 1.640; 6 días, desde US$ 1.950.

Green Baker Lodge - www.greenbakerlodge.cl
Cabalgata hasta el Glaciar Nef. 6 noches, 7 días. Hay partes que se navega. US$ 1.450.
Kayak de travesía, 4 días de navegación. Noche en carpas y cabañas. US$ 1.400 en base doble, con comidas, equipos y tránsfer desde el aeropuerto de Balmaceda.

Patagonia Jet – www.patagoniajet.com
Excursión en el Jet Boat hasta el glaciar Leones. Full day, US$ 190.

Hostal Costanera (Puerto Tranquilo)
Excursión Catedrales de Mármol, US$ 12.
Trecking con navegación al glaciar Exploradores, US$ 80.
Paseo de día completo al glaciar Leones, con navegación y comidas, US$ 140.

Mariana Jaroslavsky (desde Chile)
Fotos: Perfil
Perfil - Turismo

sábado, 12 de marzo de 2011

México: Aislados en el golfo


Mapa de la Isla

A 150 kilómetros de Cancún, la pequeña isla de Holbox no pierde su tradición pesquera

No es fácil llegar hasta la isla de Holbox, un rincón perdido en el norte de la península del Yucatán, justo en el lado opuesto de las famosas arenas de Cancún, Tulum y Playa del Carmen. Pero al alcanzar este pequeño pueblo de calles de arena, huérfanas de autos, uno tarda pocos segundos en darse cuenta de que el recorrido valió la pena.

Holbox tiene apenas 42 kilómetros de largo y unos 2 de ancho. Era, años atrás, un lugar donde sólo habitaban pescadores. Hoy, los botes se mezclan en una playa eterna con hoteles pintorescos escondidos entre palmeras, hamacas, pelícanos, gaviotas y palapas donde se puede disfrutar de los atardeceres entre micheladas (cerveza con jugo de limón y sal) en un espacio distendido, ideal para bajar un cambio.

Pero llegar hasta aquí es casi una aventura en sí misma. El punto de partida es Cancún. Holbox está a sólo 150 kilómetros de allí, una distancia que en los mapas es corta, pero que en el terreno puede llevar hasta cinco horas recorrerla.

Desde Cancún se puede tomar un autobús lechero o alquilar un auto para viajar hasta Chiquilá, pueblo costero que está frente a la isla. El viaje en autobús demora unas tres horas y media. Desde Chiquilá hay que tomar un ferry, que tarda unos 40 minutos en cruzar las aguas del golfo de México hasta el muelle de Holbox. Una vez en el muelle de la isla basta con tomar uno de los cochecitos de golf que hacen de taxi para llegar hasta la costa o la plaza principal, donde se encuentra la mayoría de los hoteles.

Vista aérea de la isla

Bienvenido, en maya
Ya al llegar al muelle y al cruzar el pueblo uno tiene la certeza de que está lejos del mundo de los resorts y el bullicio de las grandes ciudades costeras. Las calles están cubiertas de arena, hay un cajero automático en toda la isla, los lugareños hablan maya, y la plaza central está dominada por locales que venden artesanías y algunos restaurantes que ofrecen cebiches, pescados, tacos, pizzas o la célebre parrillada de mar, entre otros manjares. Meses atrás se inauguró el primer cine, donde todos los días se anuncia en una cartulina escrita a mano, pegada en la pared, las dos películas que se emitirán esa noche.

El colorido reina en las paredes de todas las casas de la isla, donde viven alrededor de 2000 personas dedicadas a la pesca o al turismo. Hay una pequeña comunidad italiana, dedicada, cuándo no, a la gastronomía y la hotelería.

"A los gringos les venden Cancún, no esto", dice Miguel, mientras prepara una michelada en una de las palapas sobre la playa, donde cuelga un cartel que reza Slow food. Miguel es un mexicano nacido en Oaxaca que se mudó acá hace seis años. Además de atender el lugar ofrece excursiones para ver una de las atracciones de la isla: el tiburón ballena, el pez más grande del mundo.

El tiburón ballena llega a las aguas de Holbox en el verano boreal, de junio a septiembre. A pesar de su nombre y su tamaño atemorizantes, el tiburón ballena, dicen aquí, es un pez dócil y gentil, con el que se puede nadar tranquilamente. Esa es, justamente, la experiencia que brinda Miguel, al igual que muchos otros lugareños. "La piel es como de terciopelo", apunta, luego de sonreír y asentir con la cabeza cuando se le pregunta si tocó alguno.

Holbox, que en maya significa agujero negro, ofrece además de este tipo de vivencias mucha tranquilidad y una atmósfera muy relajada. Un día típico puede empezar con una caminata por la playa para tomar el desayuno en El Cafecito, pequeño café montado por italianos, a unas pocas cuadras de la plaza principal. Para el resto del día, la mayoría de los hoteles venden tragos o cerveza para matar las horas de playa, ya sea en una tumbona, una hamaca, un box con colchón y almohadones o nada más que una toalla sobre la arena.

En el atardecer, luego del regreso de los pescadores, la playa se llena de gaviotas y pelícanos que revolotean sobre los botes de los pescadores. Esta es la mejor hora para acercarse hasta algunas de las palapas para disfrutar de una porción de guacamole o un plato de cebiche mientras el sol se pone en el horizonte dando paso a un cielo repleto de estrellas.

Muelle

Tacos y langosta
La plaza principal del pueblo y sus calles aledañas cuentan con varias opciones para cenar por menos de 20 dólares, en lugares sencillos o sofisticados. El menú de la isla ofrece comederos con algunos íconos de la comida mexicana, como los típicos tacos y quesadillas, pero también langosta, mariscos, cebiches, pescados o, si se prefiere, todo junto en una parrillada de mar.

Pero como la magia del lugar ha sido un imán para muchos extranjeros que se instalaron allí, se encuentran también platos de todas las latitudes y para todos los paladares. Edelyn, sobre la plaza, tiene en su menú una curiosa pizza de langosta. Los nostálgicos pueden acercarse hasta La Parrilla de Juan, rincón argentino en una terraza a pasos de la plaza, donde se pueden degustar bifes. Sin ser el restaurante más atractivo de la isla, Los Pelícanos, con sus pastas con salsa de mariscos, goza de una excelente reputación.

Aunque el pueblo muere a las 22, cuando el silencio se hace aún más profundo, hay algo de espacio para la vida nocturna en las barras y la música de un puñado de bares, que levanta un poco durante el receso del Spring Break norteamericano, cuando jóvenes estudiantes huyen a las playas mexicanas.

Playas

Pies en la arena
Con todo, la extensa playa de la isla, donde la blancura de la arena se pierde en aguas que oscilan entre el celeste y el turquesa, es la joya del lugar. Para quienes busquen un poco de adrenalina en las aguas se pueden tomar lecciones de kite por 75 dólares o alquilar por 25 dólares la hora tablas para remar el océano de pie.

Una larga caminata por la costa hacia el área de la reserva de Yum-Balam lleva a un paraíso tropical donde abundan las iguanas, los flamencos rosados y pelícanos. Es un lugar imperdible para los aficionados al avistamiento de aves.
Estar cerca de la playa es un poco más caro que quedarse en un hotel en la plaza del pueblo, pero vale la pena. Los precios de los hoteles oscilan entre los 75 y 200 dólares en la playa, por encima de los valores que se consiguen lejos de la arena.
Pero muchos de estos hoteles tienen un espíritu de posada, ofrecen tumbonas y hamacas en la playa, mucha madera y velas que se mezclan con telas verdes, celestes, rojas y amarillas. La playa ofrece desde opciones rústicas hasta otras más sofisticadas, pero la mayoría envueltas en la misma filosofía: poca gente, mucha personalidad y detalles de una casa bien cuidada más que de un hotel. Mawimbi es uno de los hoteles recomendables, atendido por una pareja de viajeros italianos, Carmelo y Ornella (habitaciones de 75 a 195 dólares).

Holbox es una joya escondida detrás de horas de viaje, de esas que cuesta encontrar, y que le hacen dudar a uno si será buena idea contarlo. No sea cosa que por el temor a que, dentro de muchos años, a alguien se le ocurra crear un vuelo directo a su pequeño aeropuerto, o construir uno de esos hoteles que ofrecen todo libre a precios que asustan, una avalancha de foráneos termine por espantar la magia de un lugar donde el tiempo parece, por momentos, haberse detenido.

Nadando con tiburones ballena

DATOS UTILES
Cómo llegar
La isla de Holbox queda a 150 kilómetros de Cancún. Hay que llegar hasta el pueblo de Chiquilá (en bus se tarda unas tres horas y media) y allí tomar el ferry, que en 40 minutos cruza hasta la isla.

Rafael Mathus Ruiz
La Nación - Turismo
Fotos: Web

miércoles, 2 de marzo de 2011

Un barco

The World

Esta es la historia supuestamente no interesante sobre el padre de los actuales megacruceros, del primer barco que permite comprar un "bien raíz" y quedarse a vivir, y de las utopías flotantes que se esconden tras esos gigantes del mar.

Al inicio de la novela utópica de William Alexander Taylor de 1901, Intermere, un pequeño vapor navega hacia un banco de niebla tres días al norte del Ecuador y cae en un remolino. "Me sentí siendo arrastrado dentro de las inconmensurables profundidades acuosas", cuenta el héroe. Pierde la conciencia y repentinamente despierta en una hamaca sobre la cubierta de una clase de barco completamente diferente, que tenía "una sucesión de suites y departamentos, ricamente pero sobre todo artísticamente decorados". El héroe imagina por un momento que está casi en el Paraíso, pero la nave, un "merocar" propulsado por "agentes sobrenaturales", resulta ser sólo uno de muchos avances tecnológicos ingeniados por una sociedad perfecta oculta dentro de la tierra.

El salto del transporte impulsado por vapor al yate de lujo pone a Intermere a mitad de camino entre la evolución y el pensamiento utópico: una multitud de autores, arquitectos e ingenieros primero identificaron el paraíso como una isla flotante, luego como una isla asequible a través de barcos, y finalmente como los barcos en sí mismos. El transporte se convirtió en el destino.

En 2002, cuando el buque de 43 mil toneladas bruto The World zarpó de un muelle de Oslo bautizado por un triunvirato de sacerdotes noruegos con un cóctel de agua bendita y champaña, eso marcó la primera vez en que era posible ser dueño de un bien raíz a bordo de un barco. El lanzamiento fue saludado con fanfarrias.
"Una aldea global en el mar", dijo el Boston Globe.
"Utopía a flote", dijo Macleans.

Volé a Noruega para conocer al hombre que había hecho aflorar barcos utópicos desde la mesa de dibujo. Knut Kloster Jr. se reunió conmigo en el aeropuerto usando una gorra de capitán baja a la altura de la frente, de manera que yo pudiera reconocerlo. Era extraño encontrarse con el mismísimo Kloster. Él era el padre de la industria de cruceros moderna, y el visionario vástago de una de las familias navieras más antiguas de Noruega.

"Me alegra no tener que usar más este sombrero", dijo Kloster.
En el camino hacia Oslo, él se sintió obligado a señalar el nuevo tren rápido de la ciudad, y durante el siguiente par de días mantendría su actuación como un reacio guía turístico. Kloster tenía casi 80, pero era un hombre grande, firme y alerta, que se movía inteligentemente a través de las calles, murmurando recriminaciones hacia los conductores que no se manejaban con el sistema de intersecciones no señalizadas. Nos sentamos en el lobby de mi hotel para iniciar nuestro debate. Casi todo mi debate con Kloster sería acerca de lo que debatiríamos en el evento de que decidiéramos, en conjunto, que la suya era una historia que valía la pena ser contada. Me agradó muchísimo.

Kloster no tenía gran respeto por la coherencia, y aún en nuestra primera conversación se distraía por cualquier cosa. "Desde luego es una historia interesante", dijo a propósito del esquema del gran megacrucero que él había propuesto por primera vez en los años 70. Ese no era The World. Era un plan que originalmente tenía el nombre código Phoenix Project, y respecto del cual Kloster había gastado decenas de millones de dólares a lo largo de los años.

Entonces, exactamente en el momento siguiente, él dijo, "soy un fracaso. Fracasé. Tú no conseguirás lo que sea que estés buscando de mí. Ya no estoy interesado en los cruceros".
Me llevó al único parque en Oslo donde podía pasear sin correa a su pastor alemán, un jardín escultórico lleno de piezas de Gustav Vigeland. Subimos juntos a la obra central, Monolith Plateau, que mostraba una gran columna de granito con cuerpos apilados y entrelazados, gente ayudándose unas a otras, apoyándose sobre los otros.

"Es acerca de la vida", dijo Kloster. "¿Quieres tomarme una foto?".
Le dije que no tenía cámara.
"Bien". Estaba terriblemente aliviado. "Pensé que querrías tomarte una foto".
Familias y jóvenes se reunían alrededor de la estatua, sumándose al collage de formas.
"Es acerca de la vida", dijo Kloster nuevamente.

La literatura utópica está tan llena de barcos y naufragios que ninguna historia sobre las utopías flotantes estaría completa sin la historia de un viaje. Mi viaje comienza cuando un repartidor burló el umbral de mi puerta y dejó una caja en mi vestíbulo. Descubrí la intromisión con un toque de temor. Dentro de la caja había otra caja, envuelta como un regalo con un hilo dorado. Dentro había un portadocumentos de cuero estampado con un curioso símbolo. Y adentro estaba mi invitación para The World.

Me encontré con el barco en Luleå, Suecia, en el golfo de Bothnia. El pueblo no era exactamente un destino turístico, y la única palabra que mi taxista necesitó por dirección fue "barco". En un momento dado, The World debiera tener una población de 200 huéspedes y 250 tripulantes, dándole un promedio de pasajeros por tripulante único. Excepto que no había pasajeros, realmente. Los apartamentos en The World alcanzan precios de 1 a 8 millones de dólares, y muchos de los residentes usan el barco como su segunda casa -o tercera, o cuarta-.

The World rodea el mundo incesantemente, siguiendo eventos mundiales y parando en puertos que la mayoría de los cruceros ignoran. Como Luleå. Por lo tanto, a veces acepta humildes instalaciones, y estaba ahora amarrado junto al pueblo, pasado unas vías ferroviarias rotas y alineado con un viejo rompehielos llamado Twin Screws.

El taxi pasó por la barrera de control temporal del barco, manejada por miembros de su fuerza de seguridad reclutada entre Gurkas. Corrí hasta la pasarela porque estaba lloviendo. Una multitud de residentes se acurrucaba dentro, apretados en la zona de seguridad de a bordo, esperando para desembarcar. Había sido informado de que la privacidad es la máxima prioridad del barco, pero los residentes parecían suficientemente amistosos, relucientes y alegres, aunque no como turistas, y con un resplandor sobre ellos. El resplandor de saber que el tiempo te pertenece.

En mi segundo día en Noruega, en el living de su casa de Oslo, Kloster y yo nos embarcamos nuevamente en un debate sobre los debates de esta historia que eventualmente deberíamos tener.

La casa me recordaba una dacha rusa: espacios ampliamente abiertos, muebles correspondientes a una amplia variedad de siglos y culturas, obras de arte originales en las paredes que intimidaban a los observadores por parecer ligeramente familiares. Kloster estaba dudando de sí mismo otra vez, y yo me encontré a mí mismo ofreciendo conversación a un serio utopista quebrado.

El imperio naviero de Kloster comenzó con hielo. El abuelo de Kloster transportó bloques a través de cargueros desde el norte de Noruega antes de la época de la refrigeración, y su padre cambió el negocio hacia el petróleo cuando se descubrieron depósitos en el Mar del Norte. Por un tiempo, la flota de buques-tanque de los Kloster fue tan grande como cualquiera en el mundo. Kloster estudió arquitectura naval en el MIT, y se hizo cargo de los negocios de la familia a los 30. Él llevó la compañía en nuevo rumbo casi de una vez, construyendo un barco de casi 9 mil toneladas llamado Sunward para llevar jubilados británicos a Gibraltar. El espíritu visionario de Kloster se asomó incluso entonces. El Sunward ofrecía servicios inusuales para un ferry: cabinas para pasar la noche, restaurantes a bordo.

El plan Gibraltar se bloqueó cuando Franco reclamó la península. Como británicos y españoles libraron una Guerra Fría en miniatura, Kloster se quedó con un barco, pero nadie lo ocupaba.
En Florida, el futuro fundador de Carnival Cruise Line, Ted Arison, tenía precisamente el problema opuesto. Había construido una infraestructura para llenar un hoyo en la industria de cruceros caribeña, pero el buque israelí que había alquilado fue llamado a servir como transporte de tropas en la Guerra de los Seis Días de 1967. Tenía el destino, pero no un barco.

Arison telefoneó a Kloster, y tres semanas después el Sunward llegó a Miami. La sociedad fue salvajemente exitosa -agregaron el Starward, el Skyward y el Southward-, pero Norwegian Cruise Line se liquidó en la corte. Kloster y Arison eran diferentes clases de capitalistas. Arison era despiadado, motivado por el lucro y la competencia. Kloster rompía en lágrimas sobre la cubierta del Sunward, leyendo The greening of America de Charles Reich. Kloster sostenía el capitalismo como una fe, pero templándola con consciencia y con la creencia de que la industria de los cruceros estaba posicionada de manera única para combatir contra la alienación cultural y el malestar, para convertirse en un medio para la comunicación global.

La disputa legal terminó con Arison retirándose por un tiempo y con Kloster mudándose a Florida para hacerse cargo del negocio. En 1972, tuvo la visión de una clase de barco completamente nueva. En un discurso llamado La forma de las cosas por venir presentado a agentes de viajes británicos en Viena, Kloster citó a Emerson y estableció planes para "un diseño ultramoderno" de casco dividido como el de los catamaranes, que podría ofrecer tener al mismo tiempo un observatorio para astronomía y una sala de observación submarina para el estudio de la vida marina. Los barcos no eran más que sólo barcos. Los buques del futuro, le dijo Kloster a los agentes, debían servir como un "nexo" para tres grupos de personas: los que visitan los barcos, los que viven y trabajan en ellos, y aquéllos que son visitados por los barcos.

En 1979, NCL estaba lista para ir tras esas palabras. La compañía compró el último gran transatlántico, el France, refaccionándolo y rebautizándolo como Norway. Esta nave marcó un cambio de paradigma. Hasta ese momento, se creía que 20 mil toneladas era todo lo grande que un crucero podía ser para conseguir beneficios. El Norway triplicó esa cifra y el negocio resultó bastante bien. La nave incorporaba una variedad de tiendas y boutiques a lo largo de "calles" llamadas Champs-Elysées y Fifth Avenue. Kloster aclamó al "megabarco" como "un destino en y fuera de sí mismo".

Treinta años más tarde, Kloster era el tipo agradable que había fallado al final. Arison se había recuperado, usando dinero que legítimamente le había permitido a Kloster iniciar lo que eventualmente se convertiría en la más grande compañía de cruceros del mundo. En los 80, Kloster apostó todo lo que tenía al Phoenix Project, su visión de una utópica ciudad flotante, y perdió.

Kloster tuvo dos hijos, los cuales han ofrecido innovadoras ideas para los cruceros. El mayor, también llamado Knut, tuvo la visión de The World. El más joven propuso una especie de resort playero flotante. Como padre de estos gemelos pródigos, Kloster niega que cualquiera de esas ideas tenga algo que ver con el Phoenix Project. En mi cabeza, The World completaba la historia que el anciano Knut estaba reacio a contar.

Durante la primera navegación de The World, el barco golpeó el mismo arrecife de The floating island de Julio Verne. Su compañía administradora perdió 100 millones luchando contra el ambiente en la industria de los viajes post 9/11. Sus acreedores los embargaron, tratando de manejar el barco ellos mismos, y perdieron otros 150 millones. El futuro se veía desolador hasta que los residentes tropezaron con la misma solución que los millonarios de Verne: ellos lo compraron. "El barco ahora es una cooperativa", dijo el San Francisco Chronicle.

Puse un pie a bordo de The World justo a tiempo para asistir a la ceremonia de reconocimiento de la tripulación en el Colosseo, el teatro del barco. El staff casi completo se había reunido, así que el Capitán Ola Harsheim, un hombre que lucía exactamente como los autorretratos de Van Gogh, podía ofrecer congratulaciones a varios miembros de la tripulación por sus años de servicio. Los alojamientos de los tripulantes, en las cubiertas inferiores del barco -las cubiertas sin terrazas-, hicieron fácil comparar a The World con la versión flotante de los falansterios del utopista Charles Fourier, cuya visión burguesa mantenía las distinciones de clases. E. M. Cioran había descrito una vez los falansterios estilo hotel de Fourier como "el más efectivo purgante que conozca", sin embargo un benigno espíritu de "comunidad" estuvo en labios tanto de los residentes como del staff de The World durante toda mi estadía. Estamos todos en el mismo bote, dijeron.

Luego de la ceremonia, me mostraron mi apartamento. Era uno de muchos a bordo que habían sido creados a partir de dos apartamentos/estudios durante un periodo de reorganización, y como mi cuarto era un espejo de cada uno de los otros apartamentos tenía una extraña cualidad duplicadora. Tenía dos baños y dos terrazas con dos puertas correderas. Tenía dos televisores pantalla plana, pero sólo una cocina, una botella de champaña esperando por mí, y sólo una bañera (tamaño doble).

Un número de espejos estratégicamente ubicado expandían el espacio, proveyendo otra fuente de duplicaciones -o cuadruplicaciones-, con el resultado de que en un momento yo podía mirar a través de las puertas de un cuarto y no estar completamente seguro de que yo realmente estaba parado ahí, y en otro momento mirar dentro de una sala y experimentar una clase de temor vampiresco al no ver un reflejo donde esperaba verlo. El apartamento era como una hogareña casa de la risa, lo que es otra manera de decir que a veces me perdía dentro. Era una de las propiedades más pequeñas a bordo.

Me paré en una de mis terrazas justo cuando un sueco, abajo en el muelle, tomó una foto del barco conmigo en él. En algunos puertos, The World es un espectáculo. Lewis Mumford: "La máquina autónoma, en su doble capacidad como instrumento universal visible y objeto de un trabajo colectivo invisible, se ha convertido a sí mismo en una utopía".

Este artículo fue compilado en The Best American Travel Writing 2010. Una crónica de J.C. Hallman

Diario El Mercurio - Chile
Revista del Domingo


martes, 22 de febrero de 2011

Mont Saint Michel: una isla encantada frente a las costas de Baja Normandía



En medio de una bahía, la ciudadela medieval de Mont Saint Michel sorprende con su arquitectura y sus paisajes. Es el segundo destino turístico de Francia.

En el segundo destino turístico más visitado de Francia viven menos de 50 personas. La riqueza arquitectónica y la belleza natural de esta pequeña isla de menos de 1.000 metros de circunferencia llaman la atención.

Mont Saint Michel , en medio de una inmensa bahía y rodeado de las más grandes mareas europeas, es diferente de todo.
Reconocida como una de las obras más prestigiosas de la arquitectura de la Edad Media y uno de los centros más importantes de espiritualidad, se ubica en la región de la Baja Normandía –en el límite con la Bretaña francesa–, a 360 km de París.

La singular silueta del Mont Saint Michel, con la abadía situada en la cima de la colina de apenas 92 metros de altura, comienza a distinguirse a lo lejos, desde la ruta.

El paseo es sin duda particular: el camino asciende en forma circular y, entre restaurantes, boutiques y museos, se distinguen los kilómetros de arena y ríos que rodean el monte. En pocos minutos, el agua que sólo se veía cerca del horizonte comenzará a ascender y únicamente será posible dejar este lugar a través de una ruta que lo comunica con tierra firme.

Antes de construida esta vía de acceso, la pequeña isla rocosa quedaba totalmente incomunicada cuando subía la marea, razón por la cual, en la Edad Media, Mont Saint Michel fue utilizado como prisión.


Su historia, llena de mitos y leyendas, se nutre de los misterios que generan las arenas movedizas que circundan el monte, de las repentinas nieblas que esconden súbitamente toda la isla y de las mareas que ascienden “a la velocidad de un caballo a galope”.

El paseo por el lugar comienza una vez que se traspasan los muros de la ciudadela, cuando las laberínticas calles comienzan a ascender. Entonces, el viajero queda inmerso en un mundo medieval tan bien conservado que sólo advierte el salto temporal al ver las cámaras de fotos digitales o la vestimenta de alguno de los más de tres millones de turistas que visitan el lugar cada año, cifra llamativa comparada con las apenas 41 personas que lo habitan.

Unos pasos antes de las puertas de la fortificación, un cartel exhibe el horario de las mareas. Si se piensa recorrer los alrededores del monte, es fundamental recordar a qué hora comienzan a ascender, dado que los tres ríos que conforman la inmensa bahía –Couesnon, Sélune y Sée– la invaden, aíslan y transforman partes del terreno en arenas movedizas. Por ello, una buena opción es contratar una caminata guiada.


La colorida calle Grand Rue, con negocios, museos y casas del siglo XV, es la principal arteria que lleva al atractivo central: la Abadía Benedictina, en lo alto de la colina. Construida en el año 709 luego de una aparición que tuvo Aubert, obispo de Avranches, la abadía comenzó a recibir sacerdotes con el propósito que le rezaran al arcángel San Miguel.

Recién 200 años más tarde llegaron los monjes benedictinos, quienes ampliaron la construcción a una enorme iglesia que comenzó a ser visitada por gran cantidad de peregrinos. Durante la Edad Media se sumarían al peregrinaje reyes, príncipes y caballeros de los reinos de Francia y de toda Europa.

En su origen, la abadía exhibía un estilo pre-románico, pero al ampliarse pasó a fusionar tres estilos –románico, gótico y gótico flamígero–, lo que la convierte en uno de los sitios más admirados por los arquitectos.

Antes o después de visitar la abadía, hay que detenerse unos minutos a observar el espectáculo de las velocísimas mareas. El agua que se acerca a gran velocidad rodea la colina, los kilómetros de arena se transforman en mar, y el paisaje cambia radicalmente, casi de forma cinematográfica.

En algunas horas, el agua comenzará a retirarse y entonces se podrá volver a caminar por la arena, desde donde se obtienen fantásticas panorámicas del monte y de la inmensidad que lo circunda.

Una muy buena opción es observar las mareas desde alguno de los bares del monte mientras se disfruta de un buen calvado, una variedad de brandy elaborado con manzana, la bebida más popular de Normandía.

Sandra Lion (especial)
Clarín - Viajes
Fotos: Web

domingo, 13 de febrero de 2011

Estambul: muchas ciudades, en una


La capital política de Turquía es Ankara, pero Estambul concentra el turismo

La capital turca tiene un pie en cada continente. Mezquitas que son basílicas, estadios como coliseos, mujeres despechadas y otras con velo. Contrastes de una pasión milenaria.

Acá hay un estrecho que separa la ciudad en dos continentes, hay barcos por todos lados, hay un fuerte que rodea un buen pedazo de la urbe, casas a las que se accede en lancha, un casco moderno en el que se potencia una proyección primermundista y otro más antiguo que reluce el costado histórico. Acá hay un bazar en el que la gente pierde la cordura. Un bazar que implica, de entrada nomás, entregarse al descontrol.

Porque ahí sí que todo es un gran descontrol: los vendedores gritan, los turistas regatean, hay peleas, risas, discusiones. Se trata de uno de los mercados más antiguos y grandes del mundo (45 mil metros cuadrados). Trabajan en el lugar más de 20 mil personas, la mayoría en alguna de las 3.600 tiendas distribuidas sobre 64 calles laberínticas que desembocan en 22 salidas diferentes. Es imposible no perderse: pasan, por día, más de 250 mil individuos.

En este bazar, en realidad, el regateo es ficción pura. Los comerciantes parten de un precio insólito y terminan cediendo a un precio acorde, con una falsa postura de resignación. Afuera, en los alrededores, se descubre el secreto. Una cajita de especias que los vendedores dicen que cuesta 30 liras turcas (y luego venden a 15), en las callecitas aledañas sale 10 (y el precio no es negociable). Pero recorrer el lugar vale la pena. Y hasta puede convertirse en una terapia de descarga. Los orígenes del Gran Bazar se remontan a la época de Mehmed II, cuando en 1455 construyó cerca de su palacio el antiguo bazar (Eski Bedesten). Se vende de todo: remeras, lámparas, las mencionadas especias, prendas locales, telas, alfombras, antigüedades, bijouterie, perfumes, bolsos, cuero... Hay casi cien variedades de productos diferentes. La esencia del comercio turco al servicio del turista. Un sueño.

Topkapi, un palacio que es la mitad de Mónaco. (Der.) Farolitos de cerámica, desde € 5

Acá hay taxistas descontrolados, hombres que juegan durante horas al backgammon (tradición local), mujeres despechadas y mujeres tapadas de pies a cabeza. Hay bares nocturnos en la calle, al aire libre, con música local, en los que la gente fuma tabaco perfumado en narguile y baila, y otros, también al aire libre, mucho más europeizados, con vista al estrecho, debajo de un puente y con una entrada de 50 liras turcas (casi 130 pesos). Acá hay estadios de fútbol que parecen coliseos renovados y hoteles con shoppings incorporados. También casitas muy chicas, barrios humildes y sectores que parecen descampados.

Acá uno puede ir caminando por la que podría considerarse la calle más temible del mundo, con gatos, basura, miradas y oscuridad, y desembocar, de pronto, en otra cortada con jóvenes bailando, pubs, luces de colores, boliches de dos plantas y restaurantes de paso. Sucede cada noche en Taksim, un sector camaleónico de la ciudad en el que, cuando cae el sol, se bebe al ritmo turco, por las calles aledañas de la famosa peatonal Istiklal (una suerte de Florida ancha, de dos kilómetros de extensión). Y digo camaleónico ya que, de día, esta zona es otra historia. Istiklal simboliza la globalización y reivindica el costado más occidental de la ciudad. Pelear un precio en cualquier negocio de sus cuadras podría despertar carcajadas hasta en el vendedor de menor jerarquía. Las principales marcas textiles están distribuidas en locales de dos y hasta tres plantas y no existen las ofertas porque todo es caro.

Santa Sofía, desde la fuente

Acá hay decenas de mezquitas, pero hay una, la Mezquita Azul, única. Fue construida a principios del siglo XVII y tiene 23 metros de diámetro más otros 43 de altura. Posee más de 20 mil azulejos de color azul que adornan la cúpula y la parte superior (de allí el nombre) y más de 200 vidrieras. Los versos del Corán distribuidos por diferentes lugares redondean la decoración interna. En la Mezquita Azul, la ortodoxia religiosa turca barre los conceptos diurnos de Taksim: las mujeres tienen que taparse la cabeza para entrar y también tienen que llevar los hombros ocultos. Nadie puede ingresar al lugar con calzado.

Síntesis del contraste permanente en cada rincón, exactamente en frente de la imponente Mezquita Azul, se halla la basílica de Santa Sofía, antigua catedral cristiana de Constantinopla, que se convirtió en mezquita en 1453 y en museo en 1935. Otra obra soberbia, criatura preferida del arte bizantino.

Mezquita azul. Uno de los dos únicos templos de Turquía con seis minaretes

Acá hay un bazar de especias con más de noventa tiendas, una rambla interminable, un rincón top de restaurantes demasiado parecido a Las Cañitas, estaciones de tren demasiado parecidas a las argentinas (salvo por la puntualidad del servicio), decenas de avenidas con grandes bulevares en el medio, decenas de cortadas en las que apenas pasa un auto, autopistas infinitas y dos puentes que separan Europa de Asia. Hay un palacio, denominado Topkapi, que es un delirio de ostentación. Fue el centro administrativo del Imperio Otomano desde 1465 hasta 1853: vivían allí más de cuatro mil personas. Está formado por pequeños edificios y cuatro patios, con distintas finalidades. En el primero el acceso era público, en el segundo se realizaban grandes convenciones (hay diez salas que oficiaban, en su momento, como cocinas imperiales), en el tercero sólo podían ingresar los altos dignatarios y en el cuarto se relajaba el sultán de turno. La vista de este último sector, obviamente, da al Bósforo. La superficie total del complejo es de 700 mil metros cuadrados, casi la mitad de la extensión de Mónaco.

El Gran Bazar, de la época de Mehmed II

Acá hay una cisterna (la cisterna de Yerebatán) que, en su momento, fue capaz de albergar 90 mil metros cúbicos de agua, hay castillos, negocios que ofrecen los famosos baños turcos (cuestan alrededor de 50 euros) y un puerto majestuoso, de los más congestionados del mundo (130 buques diarios, sin contar tráfico local). Acá, en definitiva, hay de todo. Porque de eso se trata Estambul: opciones infinitas, contrastes permanentes, intensidad. Un crisol cultural y étnico. Hasta en el lado asiático, el menos turístico, tiene sus desproporciones sociales y estéticas: Üsküdar y Kadiköy, los dos barrios más grandes, sin ir más lejos, tienen sectores muy humildes y a la vez zonas residenciales (como Moda).

Alguna vez Napoleón Bonaparte dijo: “Si la tierra fuera un solo Estado, Estambul sería la capital”. Y no es casual. Al margen de su siempre creciente masa poblacional (una de las mayores capitales de Europa, con más de 14,5 millones de habitantes), la distingue el simple hecho de ser una de las metrópolis con más historia.

Backgammon, pasión del mundo árabe, nunca falta en los espacios públicos

Nunca nadie podrá retratar con exacta fidelidad este lugar interminable. Todas las contradicciones políticas (apoyar o no el ingreso a la Unión Europea), religiosas, estructurales y arquitectónicas que se descubran son parte de la identidad local. No se puede esperar menos de una ciudad que, además de estar dividida en dos continentes por un simple estrecho (el Bósforo), también está dividida en su sector europeo por un hermoso estuario (Cuerno de Oro). Muchas ciudades en una. De eso se trata Estambul.

Germán Beder (desde Estambul)
Diario Perfil - Turismo