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miércoles, 15 de agosto de 2007

Cafayate está para darse el gusto


A 180 kilómetros de la capital provincial, un buen combo de cerros multicolores, vino,quesos y más delicias

Para llegar aquí, tierra de sol, ajíes picantes, tablas de quesos y quesillos de cabra frescos, humitas, tamales y vino Torrontés, una opción es volar hasta Salta capital y desde allí, recorrer en auto 183 kilómetros por la ruta nacional 68.

El camino serpentea ríos que acompañan por largos tramos del viaje entre cerros de colores con curiosas formaciones rocosas y paisajes cambiantes a cada curva, con innumerables contrastes de colores: el rojo ladrillo de los cerros tallados por el viento, el ocre del pasto seco, el gris de las piedras o el verde de algunos cactus.

La plaza del pueblo atesora su vida, su alma. Ahí están los puestos de los artesanos y, cruzando la calle, aparecen todos los negocios que la rodean, como el almacén de Humiga. Si hasta el poeta José Ríos le dedicó una cueca que empieza así: Cuando llego a Cafayate/ siempre busco un alma amiga/ y entre medio de los quesos/ siempre encuentro al Humiga.

Viejo almacén de ramos generales, allí se vende de todo, casi hasta el alma de algunos parroquianos, que entre vaso y vaso de vino, a $ 1, dejan algo más que la salud. Cuelgan los quesos, el charqui, los ajíes; descansan orondas las damajuanas amigas de las empanadas y transcurre, lenta, la amable conversación.

Hay despacho, claro, cómo no, de bebidas, y los músicos tienen su rincón para tocar. Vale la pena comprar una bolsa de ají quitucho para cargar el cartucho para el Carnaval , como dice la canción, o para darle un poco de picardía a la comida y conocer un almacén como los de antes.

Sobre la plaza están también las quenas, quenachos, charangos y sikus de Daniel D Amico, los alfajores Los Calchaquitos -pruebe las nueces cubiertas con chocolate- y el restaurante de la esquina del Humiga.

La iglesia de Cafayate data de 1895; fue inaugurada por el padre Julián Toscano y el proyecto arquitectónico fue realizado por el catalán Pedro Coll. El pueblo, además, cuenta con un par de museos, como el del Vino y el Arqueológico. También se puede visitar la casa del artesano Calixto Mamaní, en Rivadavia al 200.

Siguiendo por las calles pequeñas de este Cafayate tan viejo como el Camino de los Incas, que pasa por aquí y llega hasta Cuzco, si los pasos se encaminan por la calle Michel Torino, a un kilómetro y medio se puede almorzar o comer en el hotel Patios de Cafayate & Wine-Spa, en el predio de la bodega El Esteco, hotel de Luxury Collection del Sheraton.
Masajes con uvas
Con la magia de un antiguo y recoleto monasterio, al patio llegan calientes empanadas de carne cortada a cuchillo, humitas, tamales y comida más elaborada de Dino Pisellini, el chef de éste y también del hotel Sheraton de Salta.

Otros manjares que se pueden degustar son la provoleta de cabra (de la fábrica de Gabriel Domingo, otro paseo posible), el quibebe, la sopa de choclo picante, la cazuela de chivito al estilo cafayateño, la pasta rellena con queso de cabra ahumado y acompañada por una salsa de alcaparras, aceitunas negras, ají quitucho, perejil y tomate, todo regado por los vinos de El Esteco en forma exclusiva, cuyo portfolio lo componen la línea Elementos, Don David, Ciclos y Altimus, el top de la bodega.

Los postres, como el flan de quinoa con salsa de naranjas o la mousse de dulce de leche, son insoslayables.

Patios de Cafayate cuenta, además, con el primer wine-spa de los Valles Calchaquíes, que ofrece terapias con vino Torrontés y Cabernet y masajes con uvas en época de cosecha. No es necesario estar alojado para recibir tratamientos.
Toda cabra que camina...
Gabriel Domingo es dueño de la quesería Cabras de Cafayate, a 10 cuadras de la plaza, que se puede visitar. Es ingeniero agrónomo, le dicen el Colo, y es uno de los hijos de Palo Domingo, dueño de la bodega Domingo Hermanos, que también puede visitarse, junto con Etchart, La Banda y Nanni.

Cabras de Cafayate abrió sus puertas en enero de 2005 y elabora aproximadamente 1500 litros de leche por día, el queso es envasado al vacío natural, está elaborado con 100% de leche de cabra y tiene una cualidad: es extremadamente suave. Ahumado, saborizado, duro, si hasta ricotta de cabra se elabora y es exquisita.

Al atardecer, las 350 cabras prolijamente encerradas en corrales de madera descansan. Entre montañas y manchones de verde, la fábrica es un lugar ideal para ver todo el proceso desde el ordeño hasta el prensado del queso. El ordeño se hace con música para que las cabras, que Gabriel trata como si fueran sus hijas, estén más tranquilas. Próximamente instalará un restaurante regional donde se podrá degustar tablas de quesos, humitas, empanadas y cabritos.

Silvina Beccar Varela
La Nación - Turismo

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